
Dentro de una inmensa sala, a cientos de metros bajo la tierra de columnas talladas en la misma roca, 5 valientes héroes se enfrentan a una horda de 40 horrendos seres. El entrechocar de metales se fundía con los alaridos de los heridos. El olor a sangre viciaba el aire.
En medio de la batalla se distinguía la poderosa espada del guerrero que infundía pánico en sus enemigos. Cada movimiento de su arma mostraba la terrible perfección que complementaba su experimentada sabiduría de combate.
A su lado, causando muerte y destrucción, el enorme bárbaro pelea; con cada movimiento de su hacha, arroja los cuerpos de heridos y muertos como hojas al viento. Mientras el sigiloso asesino, reparte la muerte con sus afiladas dagas, sin que sus enemigos sepan qué los golpeó.
A un extremo de la batalla, extrañas luces e ininteligibles palabras infunden misterio en el aire, depués de las cuales una poderosa descarga de magia impacta en el grueso de las filas enemigas, calcinando a la mayoría. Los sobreviventes apenas logran divisar al poderoso hechicero lanzando un nuevo conjuro contra ellos. Y eso es lo último que verían.
Parado en lo alto de los restos de una columna, el diestro arquero disparaba letales flechas que atravesaban a sus enemigos incluso de a dos. De pronto, sus ojos divisan algo, en ese instante, dispara una flecha que atraviesa la garganta del monstruo que estaba a punto de acabar con el asesino de un traicionero lanzazo. Ahora, libre del peligro, le agradece con un gesto y de un salto pasa encima de otro enemigo, lo apuñala en los pulmones y aterriza al lado del cadáver, todo en un parpadeo.
Justo cuando la batalla parece ganada, emerge de una pared que estalla en pedazos, la más horripilante criatura que jamás hubieran soñado enfrentar ni en pesadillas. Un gigantesco monstruo de 10 m. de alto, 50 cabezas y 100 brazos cada una esgrimiendo una terrible espada negra; el cual hace huir a los pocos enemigos que quedaban con vida y encara a los héroes.
Una vez pasado el susto; el guerrero aprieta su espada, dispuesto a matar o morir, mientras grita: "¡¡¡¡¡AAATAQUEEEEN!!!!!" corre contra él. El bárbaro besa su ensangrentada hacha y se lanza en una imparable carga alimentada por su inhumana furia de combate. El asesino, rápido con un pensamiento envenena sus dagas y corre para buscar una posición estratégica. El arquero coloca dos flechas en su arco y apunta, mientras que el hechicero invoca su conjuro más poderoso... La matanza es inminente... cada vez están más cerca. El bárbaro llega primero y lanza un terrible grito de batalla mientras se prepara para dar el primer golpe... El hacha alcanza al monstruo...
¿Bebito, ya terminaron? Ya me quiero ir.
(Efecto sonoro de frenada en seco) Todos voltean a mirar al bárbaro (incluido el monstruo), el cual deja caer el hacha y responde: "Un ratito más amor, ahorita matamos al
Hecatoncheires y ya nos vamos si quieres."
Mientras tanto, los demás jugadores miran al pobre tipo, con una mezcla de compasión y vergüenza mientras recuerdan una de las más sagradas leyes de la amistad:
"No traigas a tu marinovia a las reuniones con los patas."
Es un hecho, uno no puede tener a los amigos junto a la marinovia. Son muchas razones, las cuales voy a tratar de exponer aquí.
Primero, porque uno no sabe la opinión que la mancha se forme de ella. No tanto por temor al qué dirán, sino porque, aceptémoslo, nuestros patas son unos miserables y uno lo sabe. ¿Cuántas veces se han hecho lo mismo entre ellos...? Miles.
Existe, en cierto barrio de Pueblo Libre, un conocido dicho:
"Más feo que la flaca de Peluso."
El susodicho, pertenecía a la manchita dominante del lugar, el cual si bien era aceptado, no se ganaba el respeto de los demás. Hasta que un día, decidió llevar a su afortunada compañera al barrio. Personalmente, nunca la he visto, pero sí he escuchado las canciones que se han escrito acerca de su poco agraciada apariencia. Quizás exageran, pero mi padre me dijo una vez:
"Si una persona te dice burro, no le hagas caso. Si 20 personas te dicen burro, cómprate una montura."
Es por eso, que si amas a tu media naranja por su belleza interior, es poco probable que los miserables de tus amigos sepan ver ese don en ella.
Otro motivo fundamental, de por qué la marinovia debe ser baneada de las salidas entre patas, es que no hay nada más divertido que disfrutar de las caídas, vómitos, divagaciones, trastabilleos y alucinaciones de los borrachos. Sin embargo, si ella esta presente, uno tiene que hacer que mantengan la educación, sacar a la marinovia de la línea de fuego (o vómito) de los borrachos de estómago débil o, en el peor de los casos, saltar al estilo guardaespaldas para protegerla del infame chorro. En muchos de los casos tenemos que lidiar también con la despectiva expresión y actitud de nuestra marinovia hacia nuestros patas, las cuales harían palidecer al más intolerante de los nazis.
Un caso, que a muchos les ha sucedido, generalmente en tranquilas noches de juerga en las que a nuestras espaldas se desarrolla un turbio jueguecillo. Miradas insinuantes, mordidas de labio, chupaditas de dedo, inflamables parpadeos y muchos más mensajes son los que la leal marinovia envía y recibe con el sujeto de la otra mesa; mientras que uno esta abocado a la sacrificada tarea, de beber, libar, brindar con los amigos, ella encuentra otras diversiones. PERO, cuando el afortunado galán, decide tomar la iniciativa y al toro por las astas, el confiado mariovio recibe la queja:
"Bebito, ese imbécil me ha faltado al respeto. Pégale."
Es en ese momento, con el corazón evalentonado por la bebida espirituosa, y creyéndose el rey del mundo, sin contar el hecho de que por caballerosidad (o machismo); uno se pone de pie con porte de rey guerrero, dispuesto a enfrentar al ofensor y desfazer el entuerto:
"Oye qué te pasa, conchetu..."
(Nueva frenada en seco) Pero la frase queda inconclusa, porque uno se da de cara contra el fibroso pectoral de un tipo tan enorme, que por primera vez, uno se avergüenza de medir solamente 1.80 m. Esta brusca vuelta a la realidad (el valor y los tragos ya se esfumaron hace rato), hacen a uno considerar la salida diplomática, pero justo cuando uno está elaborando el discurso ganador, que arreglaría incluso la situación en medio oriente, se oye la chillona voz de la marinovia que repite:
"Ya pues bebito, ¡pégale!"
Evidentemente, las negociaciones terminan antes de empezar, así que el cuerno de guerra retumba con un grave: "Dímelo en la calle." Una vez afuera, uno se pregunta:
¿De qué carajo sirve ser cinturón verde en aikido, cuando tienes al frente al campeón nacional de valetodo con todo su dojo en la mesa del costado?
Esos son los casos en que, o haces la de Jackie Chan (pega y corre), o simplemente asume el daño nomás.
Es por eso que, si vas a salir con tus patas y vas a llevar a tu marinovia, piénsalo más de dos veces.